domingo, 28 de junio de 2020

20. PERMANECER EN ÉL. II. TRANSFORMADOS POR EL ESPÍRITU.


Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.  (Juan 15: 4).
Debemos orar para que se nos imparta el divino Espíritu, que es el único remedio para la enfermedad del pecado.  Las verdades de la revelación, sencillas y fáciles de entender, son aceptadas por muchos como algo que satisface lo que es básico y esencial para la vida.  Pero cuando el Espíritu Santo actúa sobre la mente, despierta el deseo más intenso por toda la verdad incorruptible.  El que realmente desea conocerla, no permanecerá en la ignorancia, ya que la preciosa verdad recompensa al que la busca con diligencia.  Necesitamos sentir el poder de conversión de la gracia de Dios. Insto a todos los que se distanciaron de su Espíritu a que destraben la puerta de sus corazones, y supliquen con fervor: Habita en mí. ¿No deberíamos postrarnos ante el trono de la gracia para que el buen Espíritu de Dios sea derramado sobre nosotros, tal como sucedió con los discípulos?  Su presencia ablanda corazones endurecidos y los inunda de alegría y regocijo transformándolos en canales de bendición.
El Señor desea que cada uno de sus hijos sea rico de esa fe que es fruto de la actuación del Espíritu Santo en la mente.  Además de habitar en cada creyente que desea recibirlo, al impenitente habla palabras de advertencia para mostrarle a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.  También hace que la luz brille en la mente de los que están deseosos de cooperar con Dios, impartiéndoles eficiencia y sabiduría para realizar su obra.
El Espíritu Santo jamás deja sin asistencia al que contempla a Jesús.  Al que lo busca, le muestra las cosas que son de Cristo.  Si sus ojos permanecen fijos en Jesús, la obra del Espíritu Santo no cesa hasta que el creyente es conformado a la imagen del Maestro.  En virtud de la bendita influencia del Consolador, los propósitos y el espíritu del pecador cambian hasta llegar a ser uno con Dios.  
Sus afectos por él aumentan, tiene hambre y sed de su justicia, y, al contemplar a Cristo, 
es transformado de gloria en gloria y de un carácter a otro mejor, hasta ser más 
y más semejante al Maestro.               
Signs of the Times, 27 de septiembre de 1899. 62 Recibiréis Poder (EGW).

domingo, 12 de abril de 2020

19. CON LA MENTE DE CRISTO. II. TRANSFORMADOS POR EL ESPÍRITU.


Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? 
Mas nosotros tenemos la mente de Cristo. (1 Corintios 2: 16).
A medida que la verdad convierte al hombre, comienza la transformación del carácter.  Como resultado de la obediencia se produce el aumento de la comprensión.  La mente y la voluntad de Dios llegan a ser las suyas, y al buscar permanentemente el consejo de la Deidad, el discernimiento crece en forma constante.  Bajo la dirección del Espíritu de Dios se produce un desarrollo general de las facultades mentales que son consagradas a él sin reservas.

Esta no es una educación unilateral, que desarrolla sólo una parte del carácter.  Al contrario, revela los principios del desarrollo armonioso de todo el ser.  Al superar las debilidades del carácter vacilante, la piedad y la devoción continua establecen tal relación con Jesús, que la persona llega a tener la mente de Cristo.  Además, al desarrollar claridad de percepción, y también principios firmes y saludables, el creyente llega a ser uno con Jesús, quien le imparte la sabiduría que procede de Dios, fuente de toda luz y comprensión.

La gracia divina se derrama sobre el ser humilde, obediente y concienzudo a semejanza del Sol de Justicia, quien fortalece las facultades mentales de los que se esfuerzan en utilizar los talentos al servicio del Maestro.  En forma admirable, y aunque parezca sin importancia, la obediencia fortalece y hace crecer en el conocimiento de Jesús, práctica que habilita para llevar muchos frutos en buenas obras para la gloria de Dios. 
 Fue así como los que han sido notables por sus logros, aprendieron las más preciosas lecciones del ejemplo de quienes el mundo considera ignorantes.  Sin embargo, éstos podrían haber tenido una visión más profunda si hubiesen obtenido niveles más altos de conocimiento en la enseñanza formal y también en la escuela de Cristo.
Cuando se estudia la Palabra de Dios, se produce una notable apertura y fortalecimiento de las facultades mentales.  Mediante la asimilación de las Escrituras, y gracias a la intervención del Espíritu Santo, es como la verdad divina entra en el corazón para purificar y refinar todo el ser.
 Review and Herald, 19 de julio de 1887. 61
 Recibiréis Poder (EGW).